Espacio enfocado a la Saga de los Confines de Liliana Bodoc
 
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 Sobre el IV Libro de la Saga

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Shampalwe
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MensajeTema: Sobre el IV Libro de la Saga   Sáb Sep 03, 2011 1:12 am

¡Hola!

Por aquí paso a dejarles unas noticias acerca del IV Libro de la Saga.

Liliana Bodoc, escribió y reescribió el material, el cual tratará acerca de relatos que ocurren en Los Confines. En teoría, el libro está casi terminado, pero aún no se sabe si la editorial Santillana lo sacará este año o a principios del próximo.

Mientras tanto, Liliana dejó unos pequeños relatos que quedaron fuera de la edición porque el proyecto narrativo acabó negándoles una cabida genuina:

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MensajeTema: Re: Sobre el IV Libro de la Saga   Sáb Sep 03, 2011 1:17 am

Dulkancellin



Un guerrero mataba a un guerrero, y la gloria se repartía entre ambos.

Una cuestión de honor enfrentaba a dos linajes husihuilkes.
Ulmen partíría pronto a una batalla pero su hijo, que contaba con doce años del sol, no tenía edad para acompañarlo.
Dulkancellin miraba desde afuera los preparativos, y sentia rabia por estar obligado a permanecer junto a Kush mientras los guerreros iban a pelear.
A partir de los diez años del sol los niños participaban en los adiestramientos, podían ayudar en los aprontes de las batallas y compartir la noche con los hombres que quizás morirían al día siguiente. Solo eso, porque todavía no debían morir ni matar.

La noche anterior a la batalla, la que era pensada y comprendida como una línea ritual, había llegado. El campamento guerrero estaba en calma.


A Dulkancellin le costaba entender el silencio de los hombres. No parecían felices como él lo estaría en su lugar.
El niño vagaba a la luz de la luna, peleando en su imaginación con guerreros legendarios, cuando encontró al joven que venía de Las Perdices y se aprontaba a iniciarse en el campo de lucha.
- Será larga esta noche para ti - dijo Dulkancellin, sentándose a su lado. Y agregó - ¿Cuál es tu nombre?
- Ligüé.
- Ya tienes dieciseis años del sol, ¿verdad? - Dulkancellin deseaba estar cerca del afortunado y escucharlo hablar de su iniciación.
Sin embargo, y a juzgar por la expresión de sus ojos, Ligüé no parecía pensar lo mismo de su suerte. El miedo lo controlaba y su único deseo era transformarse en hormiga.

Las verdaderas leyes, decían los ancianos, son las que no necesitan ser pronunciadas.
Y era la ley de la costumbre, entre los husihuilkes, que los guerreros jóvenes tuvieran tiempo de pelear sin morir. Un pacto silencioso los protegia. Sus muertes no aumentaban la virtud de los guerreros de renombre sino al contrario. Esa era la causa de que entraran al campo bien diferenciados por la pintura con la que se cubrían el rostro y el pecho.

Aún así, Ligüé no queria que amaneciera. Era inmensa la fama de bravura del linaje adversario, y él queria regresar a su aldea para seguir jugando con sus hermanos pequeños.
La compañía de aquel niño de Paso de los Remolinos, desconocido pero semejante a él mismo, quebrantó su pudor y, sin poder evitarlo, estalló en sollozos secos y cortados. Cuando alzó la cabeza, Dulkancellin ya no estaba allí. Ligüé se levantó a buscarlo, temeroso de que hubiese ido a dar noticias de su cobardía pero, por más que dio vueltas por todo el campamento, no logró dar con él.

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En los dos bandos habia guerreros nuevos, pintados para ser reconocidos con facilidad.
No se esperaba que los hombres de gloria fueran contra ellos. Los más osados entre los jóvenes, aquellos que avanzaran en el campo, recibirían las primeras heridas. Cicatrices necesarias para adquirir destreza y, quizás, renombre. Solo con el tiempo obtendrían el derecho a quitar la vida ajena. Y el deber de ofrendar la propia.
La muerte de un guerrero puede resultar de su impericia y hasta de su miedo. Las muchas cicatrices, en cambio, señalan a un hombre capaz de sostener su temple y avanzar en cada batalla; eso pensaban los husihuilkes.

El sitio y el tiempo de aquellos enfrentamientos se establecían entre los contendientes.
Lejos de las aldeas y de los sembradíos, las batallas no se ganaban por masacre. Quizás porque el argumento de la victoria no eran las vísceras ajenas sino la propia grandeza.
La guerra entre husihuilkes estaba subordinada a las leyes. Y la sangre que se derramaba llegaba a la tierra indispensable y orgullosa.

En aquella ocasión, sin embargo, sucedió algo pocas veces visto.
Uno de los guerreros jóvenes avanzó en el campo de batalla con la lanza en alto hasta la línea donde peleaban, cuerpo a cuerpo, los mejores de cada linaje.
En un instante estuvo de pie frente a un hombre que le llevaba cuatro vidas de ventaja y que, casi de inmediato, lo lanceó en el muslo izquierdo.
Eso no fue bastante para hacerlo retroceder. Y en el segundo intento de lucha recibió otra herida. Esta vez, en la cadera.
Pero tampoco fue bastante. Lejos de conformarse con sus dos primeras marcas, el joven quiso continuar, enfurecido por la facilidad con que era castigado. Entonces, y antes siquiera de entender el cuerpo de su rival, estuvo derribado y a merced de uno que hubiese podido darle muerte con una sola mano. El guerrero, en cambio, lo alzó sobre sus hombros y lo arrojó lejos, como si pesara menos que una liebre y valiera menos que un escupitajo.

Ya fuera del campo de batalla, Dulkancellin se frotó el cuerpo con el aceite que desleía la pintura de guerra. Lavó las heridas y se colocó lo mejor que pudo las compresas que evitaban el agusanamiento. Luego, y cubierto desde la cintura para evitar que las heridas lo delataran, presenció la derrota de su linaje.

--------------------------------------

Tres noches después, los guerreros derrotados se sentaron en rueda para hablar acerca de lo sucedido. A pedido del jefe, y como resultado de un acuerdo previo, Kupuka tomó la palabra.

- Hubo uno entre nosotros que deberia ocupar hoy el centro del círculo pero, por desdicha, no sabemos su nombre. Uno que actuó como un guerrero entre pocos, que avanzó a la par de los más valientes, y ofrendó su cuerpo para la gloria del linaje sin tener la obligacion de hacerlo. ¿Es tanta su humildad que no se pondrá de pie?
Las miradas de Ligüé y Dulkancellin se cruzaron. Ambos pensaron la misma cosa, desde sitios diferentes.
Sentado en el círculo, junto a los guerreros que venian de Las Perdices, Ligüé pensó que él no había avanzado ni un palmo más allá de su deber.
Sentado junto a su padre, Dulkancellin pensó que era él quien debía estar en el centro de la celebración.
Kupuka continuaba diciendo:
- Hubo un joven guerrero que concedió a la pelea más de lo necesario, entregó más de lo posible y arriesgó más de lo que nadie podía pedirle.
Ulmen miró a su hijo y sonrió como si le dijera: Un día estarás tú en ese sitio.
Pero ese honor ya me corresponde, pensó Dulkancellin en respuesta. Ese lugar es mío.
- ¿Dijiste algo, pequeño? - La pregunta de Kupuka lo sobresaltó. Él no habia pronunciado palabra, estaba seguro de eso. Pero el Brujo de la Tierra volvió a insistir. Los demás lo miraban como si hubiesen escuchado también.
- ¿Qué fue lo que diijiste?
El hijo de Ulmen y Kush era incapaz de responder.
- Señalaste con claridad que el centro del círculo te corresponde. Y ahora estás obligado a explicarte. Ponte de pie, camina hasta aquí y habla - ordenó Kupuka.
Ulmen ignoró a su hijo a fin de no entrometerse en la autoridad del Brujo de la Tierra.
Ahora Dulkancellin sabia que pensar y hablar era la misma cosa frente a Kupuka. Se levantó y caminó con evidente dificultad.
- Fui yo quien avanzó en el campo - dijo, cuando llegó junto al Brujo.
- ¿De qué campo hablas?
- Del campo de batalla.
- ¿Dices que fuiste tú, y no un guerrero joven, quien se adelantó hasta el sitio de los mejores?
- Sí, ese fui yo
- ¿Y recibiste una herida?
- Recibí dos.
- ¿Y peleaste con tanto coraje aún sin tener los años suficientes?
Los acontecimientos que habían tenido lugar en visperas de la batalla pasaron como una ráfaga por la memoria de Dulkancellin.
El Brujo de la Tierra repitió aquellos pensamientos con toda claridad.
- ¿Dices que hallaste a Ligüé acobardado y lloroso? ¿Dices que eso te enojó tanto que decidiste tomar el lugar que, en tu opinión, el guerrero de Las Perdices no supo honrar? ¿Afirmas que te marchaste de alli y así pusiste en práctica tu determinación?- El Brujo increpó al cobarde - ¿Es como él lo dice, Ligüé?
Ligüé se puso de pie para balbucear:
- Sí, Kupuka. Es como lo dice.
Y los acontecimientos de la noche previa a la batalla pasaron por su cabeza para que, de nuevo, el Brujo de la Tierra pudiese leer.
- Entonces, Ligüé, ¿es verdad que el miedo fue mayor que tú? ¿Verdad que deseaste volver a Las Perdices para jugar con tus hermanos? ¿Y es verdad también que, cuando alzaste la cabeza, Dulkancellin ya no estaba a tu lado y temiste que hubiese ido a delatarte frente a los mayores?
La vergüenza era peor de lo que el miedo había sido.
- Entonces - continuó Kupuka -, cada una de las palabras que antes pronuncié le pertenecen por entero a Dulkancellin, hijo de Ulmen.
Kupuka miró a su alrededor. El circulo de guerreros esperaba.
La voz del Brujo cobró el fuerza que todos conocían.
- Tú, Dulkancellin, sin años para guerrear, entraste en batalla y concediste más de lo necesario, entregaste más de lo posible y arriesgaste más de lo que nadie podía pedirte. Por eso ahora, en medio del círculo sagrado, he de darte un nombre. ¡Conejo insensato!, así te llamo. Pequeño insensato conejo que ofrendaste una vida que nadie desea tomar, que concediste a la pelea más de lo necesario y asi avergonzaste a tus mayores, que entregaste más de lo posible y con eso apuraste la derrota de tu linaje.
Era frecuente que Kupuka riera en mitad de un enojo para luego, y cuando todos empezaban a aliviarse, regresar a él con mayor fuerza.
- Tendrás que devolver esas dos heridas de las que tanto te jactas, pequeño insensato arrogante conejo. Cuando llegue tu edad, sufrirás tres heridas para obtener la primera. Ahora corre a casa, porque si te castigáramos como a un hombre te daríamos razón... Corre a casa con Kush. Será ella quien cure tus rasguños y disponga tu castigo. ¡Aléjate de nuestro olfato! - Y señalando el camino, gritó -: ¡Vete de aquí, entrepiernas paspadas!
Luego miró a Ligüé.
- Y tú - dijo -, llevarás contigo el pesado honor de haber cumplido la ley a pesar de ti mismo.

Porque los husihuilkes creían que había líneas en la vida de los hombres, y que era imprudente cruzarlas antes de tiempo.


Fuente: El arte de los Confines

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MensajeTema: Re: Sobre el IV Libro de la Saga   Sáb Sep 03, 2011 1:20 am



Kush


La vejez de Kush fue muy larga, mucho más que los años de su niñez sumados a los de su primera y su segunda juventud. Tanto se prolongó su edad anciana que acabó siendo paras todos, y para ella misma, lo único cierto. Sin embargo, alguna vez sus trenzas fueron negras. Y como a cualquier joven husihuilke le llegó el tiempo de desposarse.

Kush tenía diecisiete años del sol cuando Ulmen la pidió en matrimonio. Esa misma noche, sus padres hablaron sobre el asunto buscando la respuesta que debían dar al día siguiente.
- Es buen guerrero, y hombre generoso.
- Pero Kush dice que no murmura deseos en la Fiesta de los Antepasados, que no baila cuando recibimos al sol, y que apenas sonríe.
- Sonreir poco no es malo en un hombre.
En eso, la madre de Kush acordaba con su esposo y, además, carecía de motivos para negarse al pedido de Ulmen. Sin embargo no quiso ceder tan pronto.
- Podríamos ofrecerles un paseo - dijo.
La mujer se refería a un día entero en soledad, en el bosque de Los Confines. Al regresar, ellos traerían consigo deseo o disgusto. Nada más que eso era necesario y nada mejor podía pedirse. El resto del amor quedaba por delante, como cualquier tarea de las que a diario realizaban los husihuilkes.

Ayudada por sus hermanas, Kush se tejió unas sandalias nuevas y una vincha que cubria la mitad de su frente y el nacimiento de las trenzas.
La noche anterior al paseo acordado, amasó pan de semillas. Y eligió un puñado de los mejores frutos secos.
- Ofrecerás el alimento cuando las palabras demoren demasiado en llegar o cuando aturdan - le aconsejó su madre.
Y amaneció antes de que Kush lograra conciliar un buen sueño


El bosque de Los Confines estaba, por entonces, libre de dolor y de miedo.
Kush y Ulmen caminaban sin mirarse. El guerrero elegía los senderos en completo silencio. Pero de tanto en tanto, levantaba una de sus manos y la arrastraba por la fronda de los árboles. Ese único gesto bastó para que Kush comenzara a esperarlo.
- Mis hermanas me ayudaron a tejer estas sandalias -. La joven se detuvo y señaló sus pies para mostrar el resultado.
Ulmen miró apenas. El perfil de su pecho era rocoso.
- Me contó mi madre - continuó Kush - que ella también paseó con mi padre por el bosque.
La piel del guerrero estaba untada con un aceite grato y amargo.
- Mañana comenzaremos a cubrir el techo con brea. La temporada de lluvias no va a demorar y aún hay muchas cosas que hacer. Yo nunca gané el derecho de la lluvia, ¿y tú?
- Tampoco.
Kush aturdía y Ulmen callaba. Las dos peores cosas habían ocurrido al mismo tiempo. Tal vez era momento de tomar el consejo de su madre.
- Podríamos sentarnos a la sombra... Traje pan de semillas y algunos frutos secos - Kush habló muy bajo, avergonzada de su propia voz.
La respuesta del hombre fue señalar el árbol adecuado.
En aquel pan de Kush ya asomaban los panes que vendrían. Los que amasó siendo anciana. Los que, luego de su muerte, se marcharon con ella a la leyenda.
Posiblemente aquel sabor hubiese logrado sacarle a Ulmen un elogio, pero antes de que eso puediera ocurrir lo alertó una presencia inesperada. El guerrero se irguió, y Kush giró para ver de qué se trataba.
Alguien los miraba desde lejos. Estaba envuelto en una piel de animal y, a pesar de ser joven, llevaba un cayado.
- ¿Es el montaraz? - Kush lo reconoció aunque jamás lo había visto - ¿El que criaron las cabras?
Ulmen asintió.
- ¿El que llaman Kupuka? - insistió la joven.
Ambos habían escuchado sobre aquel hombre que, según algunos, crecía para Brujo.
Ulmen alzó su brazo derecho en señal de saludo. Desde su sitio, el montaraz respondió con austeridad y enseguida se marchó.
Ya entonces Kupuka demoraba en partir. Algo dejaba tras de sí, como rastro. Y aquel día, en el bosque de Los Confines, su rastro fue el aroma de la hojarasca sobre la que ha dormido una hembra.
Durante algunos minutos, los jóvenes husihuilkes respiraron profundo aquel olor. Luego Kush vio las manos de Ulmen andando hacia ella, y las recibió con una sonrisa.


- Sí, madre - dijo al regresar - Seremos esposos cuando acabe esta temporada de lluvias - Y agregó -: Vimos al montaraz... ¿Sabes a qué huele?
Pero su madre le cruzó las trenzas sobre la boca para hacerla callar.

..............................


Llevaban muchas horas caminando, pero el sitio adecuado continuaba ocultándose.
Ulmen y Kush debían elegir el espacio donde emplazar su casa. Por eso andaban de un lado a otro, esperando que alguna señal se presentara. Una y otra vez recorrieron Paso de los Remolinos, miraron lo que conocían de memoria para verlo de nuevo.
- Quizás sea hacia el norte - dijo Kush, y hacia allí avanzaron.
Después la joven propuso caminar en dirección al volcán, al Lalafke, a las Maduinas...
- ¿Dónde está nuestra casa? - preguntó Kush cuando atardecía.
La asustaba pensar que se haria la noche sin que el lugar apareciera:
- No creo que sea bueno - murmuró.
Ulmen y Kush anduvieron un rato más con el sol a las espaldas, se detuvieron a mirar lo visto, y volvieron a andar. Ninguno pensaba en fingir el sobresalto de un aviso o, siquiera, en promover un presentimiento. Si nada habia, nada habia.
Se acababa el día cuando el balido de una cabra los sorprendió. El animal estaba junto a un enorme nogal que crecia alejado del resto de la vegetación.
Kush le pidió a Ulmen detenerse allí. Tal vez aquella era la señal, pero no era sencillo comprenderla. Después de un largo rato de recorrer los alrededores con la mirada, la joven husihilke se atrevió a descifrar.
- A mitad de camino - dijo. Y explicó - Ese nogal deberá estar justo a mitad de camino entre el bosque y nuestra casa.
Ella y Ulmen pegaron sus talones a la orilla del bosque y, desde allí, contaron los pasos: cincuenta y dos pasos del hombre, sesenta y ocho pasos de la mujer hasta el nogal. Pegaron sus talones al tronco del árbol y contaron de nuevo: cincuenta y dos pasos del hombre, sesenta y ocho pasos de la mujer hasta la casa que construirían.
- Aquí será. Con un nogal a mitad de camino - dijo Kush.
Ulmen quiso agradecerle a la hermana cabra, pero el animal ya no estaba.

.............................


Luego pasaron años del sol. Y Kush comenzó a llorar porque su sangre era puntual como la marea del Lalafke.
Preguntó a las mujeres autorizadas de la aldea. Y con acuerdo de todas, molió nervaduras de hojas y las mezcló con el polen de siete flores, chupó la médula de un tallo, comió preparados con gusto a azucenas. Masticó otros que no tenían ningún sabor, y supo que eran esos los que más asqueaban y asustaban al cuerpo.
Una porción de aquellos remedios pasó de la boca de Kush a la de Ulmen, de modo que la medicina siguiera los dos caminos.
Pero la sangre continuó llegando a su hora, como si tratase de una mujer sin marido.


Dos veces, Ulmen habia partido a guerrear contra linajes adversarios. Al regresar, venian sus ojos delante anhelando encontrar a Kush más lenta y pausada. Sin embargo, la encontró alguna vez trepada al techo de la casa, donde reponía los haces de paja. Y otra vez trabajando la tierra para después sembrar zapallos.
Aquella ausencia era incomprensible para las mujeres mayores, porque Kush poseia toda la humedad necesaria y Ulmen toda la fortaleza.
- Tenemos - decían- la profundidad en Kush, la impertinencia en Ulmen. No debemos lamentar repulsión entre ellos. Hay aquí alguna niebla que disipar, pero no parece estar en nuestras manos la tarea.


Aquella mañana, Kush despertó antes que los pájaros. Y lo hizo pensando en el Lago de las Mariposas.
Ulmen dormía a su lado.
Kush se levantó en silencio, se puso su túnica, calzó sus sandalias y salió a la oscuridad.
Las aguas del lago eran privilegio exclusivo de las mujeres. Se bañaban en ellas las niñas cuando comenzaban a transformarse, las madres recientes y las mujeres que se alejaban de la juventud.
Muchas veces, durante esos años, Kush se habia sumergido en el lago. Pero nunca, como aquel día, se habia despertado añorándolo.


Apenas amanecia cuando llegó. Y eso fue muchos años antes de que la serpiente fingiera unas flores amarillas.
Oulto tras los matorrales que rodeaban el lago, Kupuka, el montaraz, la miró descalzarse, desvestirse. La miró fijamente para luego recordarla.
Kush avanzó hacia el agua sin detenerse. El agua se despertó a causa de sus pies.
Los ojos apretados de Kupuka absorbían las líneas esenciales y retenían los grosores porque luego debería dibujarlos.
Kush se sumergió en las aguas del lago. Luego salió con lentitud, se vistió y abandonó el lugar.
Entonces, el montaraz se irguió en toda su altura. Caminó hasta el lago y, con el extremo de su cayado, trazó sobre el agua el contorno exacto de la mujer que acababa de marcharse.
Allí estuvo la figura, Kush de agua, que el lago no se atrevía a deshacer.
Kupuka alzó el cayado sobre su cabeza. Lo apretó con firmeza. De su garganta salió una voz incierta, parte de dolor y parte de amor, como él mismo lo era.


El montaraz clavó el cayado en el centro de la mujer. Nada en el mundo emitió un sonido. Y luego la figura se absorbió hacia el fondo del lago, desde el punto en que había sido estaqueada.
Kupuka sabía bien que a partir de ese instante comenzaría a envejecer y a hacerse Brujo.
El Lago de las Mariposas reflejaba el terror de una oruga, el instante aciago de cualquier transformación, cuando no existen ni el origen ni el resultado. Luego, y después de aquietarse, reflejó la imagen desgreñada de un Brujo de la Tierra.

Kush regresó y encontró a su esposo sentado bajo el nogal. El hombre la llamó a su lado y ella recordó cómo olía el bosque aquel lejano día del paseo.


Esa mañana, bajo la sencilla sonrisa de Ulmen y cuando ya nadie lo creía posible, Kush concibió un hijo.


Fuente: El Arte de los Confines

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MensajeTema: Re: Sobre el IV Libro de la Saga   Sáb Sep 03, 2011 1:26 am



Cucub


Cucub comenzaba a envejecer de prisa. Pero eso en nada se interponía con su sonrisa, sino al contrario. Para entonces, solía convocar a sus hijos para hablar acerca del futuro.
- ¿Alguno de ustedes recuerda el día en que llegué a esta casa con un mensaje de los Supremos Astrónomos? ¿Por qué veo expresiones de burla o de pena? ¿Creen que están absueltos de recordar por el sólo de hecho de que aún no habían nacido? Sepan que eso no es digno de un verdadero artista… No permitan que me marche preocupado; déjenme saber que los hijos de Cucub han comprendido el vigor de la tarea.
Un artista, Kutral, no es un recitador o un tañedor de flauta. Un artista, mis Muescas, no se conforma con bailar y cantar con maestría. Serán artistas cuando aprendan a convivir con lo imposible. Aunque en verdad, y bien pensado, sólo podrán ser artistas cuando todos lo sean. ¿Y entonces…? Entonces, sean artistas sin poder serlo, nadie más que un artista es capaz de ser lo que no es, ni puede. ¿Se confunden, se enojan, se asustan …? He ahí el único modo de cantar.


Fuente: El Arte de los Confines

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