Espacio enfocado a la Saga de los Confines de Liliana Bodoc
 
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 Entrevista Julio 2004 Revista Imaginaria

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Shampalwe
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MensajeTema: Entrevista Julio 2004 Revista Imaginaria   Lun Ene 02, 2012 12:48 pm

N° 132 | LECTURAS | 7 de julio de 2004

"Escribo porque siento que es lo mejor que sé hacer. Es mi manera de participar en la protesta frente a tanta injusticia y tanto horror. La literatura es mucho más poderosa que el panfleto."

Entrevista con Liliana Bodoc
por Sandra Comino

—Liliana Bodoc, sos la autora de una saga (1) que finalmente estará conformada por tres volúmenes. Nosotros conocemos dos: Los días del Venado, y Los días de la Sombra. ¿Cómo nace la idea de armar una trilogía?

—Lamentablemente, no tengo ninguna anécdota sorprendente que contar al respecto; tendría que ficcionalizarla. Pero la verdad es que la saga nació como una decisión casi arrebatada que pasó primero por lo ideológico. De más está decir que uso el término "ideológico" en su acepción más amplia. Ahora, yo creo que las ideologías están muy entremezcladas con lo afectivo. Yo procuré unir en mi saga convicciones y amores: quise escribir una saga que enalteciera la lucha del hombre por la libertad, la relación de amor con la naturaleza. Y, por supuesto, lo mágico como modo intuitivo de conocimiento.

—Quiero que me cuentes la historia de Los días del Venado (el primer libro de la saga), su proceso y su llegada a la editorial. ¿Cómo fue la publicación?
—Fue así. Yo no tenía absolutamente ningún contacto editorial. Escribí la novela y viajé a Buenos Aires con varios ejemplares anillados. Y sin ninguna idea del modo como funcionaban las editoriales, ni siquiera conocía el nombre de los editores.
Terminé mi novela y pensé que valía la pena hacer el intento. Debo decir que muchos, queriendo evitarme una decepción, me dijeron cosas como estas: "Y bueno, viajá. Total aprovechás para visitar a tus hijos".

—¿Se lo habías dado a leer a alguien?
—Sí, a Julio Rudman, un periodista mendocino especializado en Literatura. Luego vinieron las editoriales: silencio, en algunos casos. En otros, la sugerencia de presentar la novela a concurso. Y también una negativa, debo reconocer, muy respetuosa y argumentada. Pero yo no me desanimé. Y hoy entiendo que es parte del trabajo de hacerse escritor: aceptar las negativas, aceptar los tiempos, que siempre son más largos que nuestra ansiedad. Y seguir.

—¿Sabías para qué tipo de receptor podía ser la novela?
—La verdad es que no me senté a escribir una novela juvenil , sino una saga épica. Descubrí después que los jóvenes podían ser receptores entusiastas de mi trabajo. Tanto es así que finalmente fue Antonio Santa Ana, editor de Literatura infantil y juvenil del Grupo Editorial Norma, quien decidió publicarla.

—¿Cuánto tiempo transcurrió entre la entrega y la devolución?
—Muy poco. Más o menos un mes.

—Y te dijo que la quería editar...
—Sí, eso me dijo. Y creo que la alegría todavía me dura. Por suerte, mientras escribía la novela, el tema de la edición no era una preocupación para mí. De haberlo sido, tal vez no me hubiese animado a escribirla. Tal vez fue un poco inconsciente dedicar dos años de mi vida a un trabajo del cual desconocía totalmente las posibilidades. En este caso, salió bien.

—¿Qué repercusiones tuvo esta incursión en la literatura, con tus colegas escritores?
—La devolución más cercana fue del entorno de Mendoza. Esto en dos etapas: un primer momento de cierto rechazo; bastante difícil de sobrellevar en algunos casos. Pero lentamente la situación fue cambiando. Ahora tengo, con la mayoría, una excelente relación. No sé lo que sucederá en la capital. Pero para algunos escritores del interior Buenos Aires es un conflicto y una esperanza. Buenos Aires nos enoja, pero su indiferencia suele ocasionar un sufrimiento profundo. Y a veces ese sufrimiento genera resentimiento.

—Por lo general, los escritores que escriben para adultos no leen Literatura Juvenil. Y los que escriben literatura infantil a veces no se leen entre ellos ¿Te han hecho lugar?
—Los musulmanes tenemos una frase: "Es muy fácil entristecerse con el dolor ajeno; pero es muy difícil alegrarse con la alegría ajena". Creo que hay lugar para todos en el mundo. Creo en la lógica de las mercerías que se ponen todas juntas y se potencian. Estamos juntos y vendemos todos.

—¿Cómo manejás tus estados de ánimos en relación con la escritura?
—En general intento que me sirvan y los pongo en función de la ficción. En la novela, hay cosas de mi vida cotidiana. Me interesa mucho la observación de las acciones físicas, descubrir cómo se realiza una acción física, como y con qué ritmo reaccionás ante determinado estímulo. Hago observaciones del prójimo, esto debe venirme del teatro. Pero es muy útil para la verosimilitud de los personajes.

—Las dos historias pertenecen a esa clase de libros donde uno puede acurrucarse y meterse, sensación que no adviene con todos los libros. Debo reconocer que el épico no es un género que me guste, pero cuando decidí leer la saga, no pude dejarla. Luego me pregunté: ¿Cómo puede ser que me atrapó tanto? Y creo que es por el trabajo que tiene en la escritura, que establece el vínculo amoroso del que habla Barthes. Te parece que Los días de la Sombra se puede leer sin haber leído Los días del Venado?
—Tengo la respuesta de dos lectores que por diversas causas tuvieron esa experiencia. Según dijeron, podían vislumbrar que había una historia atrás, pero eso no perturbó ni trabó la comprensión de la lectura.
De todos modos, en la segunda parte hay capítulos que, de alguna manera, son un retorno a la primera. El viaje de Kupuka por el bosque, después de despedirse de Vieja Kush, es un ejemplo. Le tengo miedo a la redundancia, pero me pareció necesario volver sobre algunos datos esenciales como recordatorio de la primera parte.

—Para entrar un poco más en la cocina de la saga ¿Cómo partiste para la construcción de la historia? ¿Por la historia misma, por los personajes, por la estructura?
—Empecé con los presupuestos genéricos, con las leyes que el género tiene. Y eso me ordenó y me sirvió de cauce. Los viajes, las batallas, el héroe, el enfrentamiento, casi maniqueo, entre el Bien y el Mal. Sólo que en este "mapa épico" el Bien está en el sur. Y por supuesto que la elección no fue casual.

—¿Tiene que ver con el mundo Mapuche?
—Los husihuilkes están referenciados en el pueblo Mapuche. Sus nombres, sus mitos y costumbres. Pero, sobre todo, su índole guerrera y anárquica.

—Hay un por qué en la elección de los nombres, ¿no?
—Sí lo hay. Los nombres de los husihuilkes tienen origen Mapuche. Los zitzahay y los Señores del Sol tienen nombres con reminiscencias náhuatl. Todos los nombres de Las Tierras Antiguas son de origen griego. Además, cada nombre tiene que ver con una característica del personaje.

—¿Cuál fue el personaje que primero se te ocurrió o que tiene más fuerza en la escritura?
—Creo que la épica se desarrolla alrededor de Dulkancellin. Él es el héroe.

—Había pensado que era alrededor de Vieja Kush.
— Sí, claro. Es ese par: lo masculino y lo femenino, la fuerza y la ternura.

—En toda la saga el tema de la muerte, está muy presente. Hay descripciones crudas, corre sangre obviamente en las batallas, nada es ingenuo o liviano ¿cómo decidiste quién moría en cada etapa, por ejemplo?
—He recibido quejas por la muerte de algunos personajes, incluso por la forma en que mueren. Yo tenía claro que no quería un héroe al estilo de "Terminator". La batalla es del pueblo de las Tierras Fértiles. No es una batalla individual, sino colectiva.
Además tiene que ver con la concepción de muchos pueblos aborígenes americanos para los cuales ni la muerte, ni la enfermedad, ni la vejez son vistas como fracasos.

—Bueno, ahí está, creo, lo esencial de la historia: la resignación ante la muerte... luego la sorpresa, lo inesperado, la severidad y crudeza de las luchas campesinas.
—En la novela, la ley está primero, aún antes que el propio corazón. Lo que dicta la ley es inevitable. Y esto quise marcarlo.

—Hay una tolerancia a esas situaciones que vienen como mandatos y se transmiten de generación en generación.
—Es sentirse parte de todo y entender la muerte como transformación. Yo muero y paso a formar parte del ciclo de la creación. Entonces, la desaparición no es tan trágica. Para nuestra civilización la pérdida de un individuo es absolutamente trágica. En cambio, la concepción de estar hermanado con toda la creación suaviza enormemente el tema de la muerte. Yo me voy para que otros vengan. Me voy pero me encarno en un árbol... vuelvo a la tierra.

—Por un lado, esto que contás pertenece al trabajo de la historia y a la construcción del universo de la novela y los personajes. Ahora, ¿cómo trabajaste la escritura? ¿Corregiste mucho? Hay frases con mucha poesía; se nota el trabajo del lenguaje como si hubieras dedicado mucho tiempo a cada frase... ¿es así?
—Yo le dediqué mucho tiempo y paciencia a la construcción formal. Pero abrevé en la oralidad indígena, en la forma musical y metafórica que ellos tienen de decir.

—De acuerdo, pero esto no está sólo en los diálogos sino también en las descripciones.
—Quizás se debe a la intención de no resquebrajar el mundo mítico cerrado. Para eso, hasta el narrador debía apartarse de nuestra oralidad. Ni los personajes ni el narrador debían introducir registros actuales.

—¿Te dio trabajo lograr ese registro?
—Sí, al principio, pero luego esa voz se va haciendo familiar.

—En Los días de la Sombra, hay abundancia de discurso directo que trabajás mucho para cambiar el punto de vista. No decís quien lo dice pero uno lo registra por esas marcas que tan bien manejás.Y esto le otorga libertad al lector. Pero no sólo los personajes cambian el punto de vista, el narrador también se abre para dar cuenta sobre la historia desde más de una perspectiva.
—A mí me gusta trabajar con discurso indirecto libre. Hacer que el narrador, sin la forma concreta del diálogo, hable por el personaje.
Y bueno, con Los días de la Sombra, fui perdiendo miedo. Lo escribí más despreocupada de todos los didáctismos. Busqué más tranquila.

—No te sucede que te sorprende el final mientras desarrollás la historia.
—No, eso no. Sí, en cambio, me sorprenden nuevos modos de llegar al final previsto.

—Me llamó la atención en la presentación minuciosa de los personajes en diferentes capítulos; luego, en el segundo libro, retomás algunos detalles que no desarrollaste en el primero y con esto reiterás detalles escritos, pero de una manera diferente. Esto enriquece la trama y no hay una sola contradicción. ¿Cómo hacés con el seguimiento de los personajes?
—Tengo cuadernos y cuadernos con cuadros de las edades de los personajes en relación a los acontecimientos de la novela. Por ejemplo, establezco cinco o seis hitos temporales, y determino cuántos años tenía cada personaje en el momento que ocurrió ese suceso. Mido el paso del tiempo con cosechas, soles, temporadas de lluvias.

—De modo que tus apostillas son otra novela.
—Algo parecido. Y vuelvo permanentemente. Te cuento una infidencia relacionada con la escritura de la segunda parte: Cucub es herido en una balsa. Thungür, que está con él, lo tapa y abandona la balsa para abordar un barco enemigo. Continúa y termina la batalla. Llega la noche y el amanecer. Entonces, me di cuenta de que había olvidado a Cucub. Era un error, indudablemente. Pero había distintas maneras de solucionarlo. Una era retroceder y volver a escribir (lo hice muchas veces), otra era trasladarle mi olvido a Thungür. Y eso fue lo que decidí porque me permitió humanizar el personaje y trabajar el tema de la culpa.

—Saliendo un poco de tus personajes ¿Cuáles fueron tus lecturas de infancia?
—Bueno, los clásicos, como todo el mundo. Recuerdo como lectura muy entrañable de la colección de Monteiro Lobato: Las travesuras de Naricita, y especialmente el tomo dedicado a la mitología portuguesa y brasileña. Los cuentos maravillosos, las fábulas, Los viajes de Gulliver. ¡Mujercitas, por supuesto! Más tarde: Horacio Quiroga, Lewis Carroll, Jack London...

—¿Y tus lecturas de adulta?
—Por un lado las lecturas del cursado de la carrera de Letras. Agradezco todas, aun las torturantes. En mi escritura está el Mio Cid de alguna manera, porque está la épica.
Por otro lado las lecturas "obligadas" de los que fuimos jóvenes de izquierda en los '70: Cortázar, Neruda, Guillén, Herman Hesse. También García Márquez, Rulfo. Como verás, muy previsible.

—¿Tuviste alguna abuela tan entrañable como el personaje de vieja Kush?
Tuve una hermosa abuela. Charlando con chicos de un colegio secundario, afectos a indagar sobre la vida privada, uno de ello me dijo con mucha naturalidad: "Entonces su familia es como la de Dulkancellin." Juro que hasta ese momento yo no había advertido la semejanza: me crié con mis abuelos, un papá viudo y cuatro hermanos.

—Te leyeron lo autobiográfico.
—Sí, así es. Y yo no podía creer que se me hubiese pasado por alto ese paralelismo.

—¿Sos consciente que nadie se metió en Argentina con este género?
—Yo lo escribí sin pensar en esto. De todos modos, me parece que Kalpa Imperial de Angélica Gorodischer puede ser un referente, porque recrea un mundo, un universo cerrado.

—¿Siempre escribís?
—Es muy difícil que pase un día entero sin escribir. Me hace bien hacerlo. Escribo intentando poner allí mi pensamiento y mis convicciones al servicio de la literatura. Y no al revés. Verdaderamente, escribo porque siento que es lo mejor que sé hacer. Y siento también que es mi manera de participar en la protesta frente a tanta injusticia y tanto horror. La literatura es mucho más poderosa que el panfleto.

—¿Qué otras obras publicaste últimamente?
—En 2003 apareció una novela relativamente breve que quiero mucho: Diciembre, Súper Álbum (2) y, en 2004, el libro de cuentos Sucedió en colores (3).

—¿Cuándo escribiste los cuentos de Sucedió en colores?
—Estos cuentos surgieron de un juego que me hacía mi papá cuando era chica. Él inventaba versos de colores. Eran poemas cortitos que hablaban de un color sin nombrarlo. Te digo uno: "Bajo el sol de mayo, la japonecita de leve quimono llora su gran cuita: comiendo tortilla se manchó con huevo". Ese era el amarillo, claro.

—Como un extrañamiento.
—Claro. Le pregunté a mi viejo si me regalaba la idea de los colores para transformarla en cuentos. Como cualquier papá se puso feliz. (4)

—¿En qué momento escribís?
—Bueno, yo estoy sola en Mendoza —mis hijos viven en Buenos Aires (en realidad, empecé a escribir cuando mis hijos se fueron de casa)— y le puedo dedicar mucho tiempo a la escritura. Tengo esa suerte.
Una vez alguien me preguntó acerca del dolor de la escritura y yo dije que me daba vergüenza, en este país, hablar del "dolor de escribir". Me parece presuntuoso y cruel hablar del dolor de escribir historias cuando a muchos les duele la panza porque tienen hambre.
Atrás de estos libros, de todos los libros, hay gente muerta. A este sistema sólo le cierran las cosas de una manera; por cada ser humano que logra una vida de cierta plenitud hay muchos otros que ni pueden abrir los ojos. De eso no me quiero olvidar. Le debo mi alegría a mucha gente que ni siquiera conozco.



Sandra Comino (sandracomino@sion.com) nació en Junín, provincia de Buenos Aires, en 1964. Es escritora, docente y coordinadora de talleres de escritura y de promoción de la lectura, e investigadora de Literatura Infantil y Juvenil. Coordinó la Biblioteca Infantil de la Fundación El Libro de Buenos Aires. Forma parte de la Comisión Directiva de la SEA (Sociedad de Escritoras y Escritores de la Argentina) e integró la de ALIJA (Asociación de Literatura Infantil y Juvenil de Argentina). Es también miembro del Comité Editorial de las revistas La Mancha (Argentina), RELALIJ (Fundalectura, Colombia) y Vagón Literario (Alfaguara, México).
Así en la tierra como en el cielo (Grupo Editorial Norma), su primera novela, fue finalista en el concurso Premio Norma-Fundalectura 1998. Su cuento La enamorada del muro fue galardonado con el Primer Premio del concurso "A la Orilla del Viento" 1999 y publicado por el Fondo de Cultura Económica de México. Su obra La casita Azul (Astralib Cooperativa Editora) recibió en 2001 el Premio Iberoamericano Para leer el XXI (Cuba) y fue publicada en Argentina, Brasil, Canadá y Cuba. En el mismo año, por su trayectoria en la promoción de la literatura infantil, ganó el Premio Especial La Rosa Blanca (Cuba).
Ejerce el periodismo y colabora en medios gráficos en crítica literaria. Entre otros medios, sus artículos se publicaron en Cronista Comercial, A-Z diez, La Nación, Puro Cuento, Horizonte de Cultura, Planeta Urbano, Imaginaria y Planetario.
Como investigadora, actualmente integra el equipo de Buenos Aires que desarrolla el Catálogo histórico, ilustrado y razonado, de las lecturas de infancia en el Río de la Plata", junto a Graciela Montes, Nora Lía Sormani y María de los Angeles Serrano.
Notas de Imaginaria

(1) "La saga de los confines" está compuesta por Los días del Venado (Bogotá, Grupo Editorial Norma, 2000. Colección Otros Mundos) y Los días de la Sombra (Buenos Aires, Grupo Editorial Norma, 2002. Colección Otros Mundos). El lanzamiento del tercer volumen —Los días del Fuego— está previsto para finales del mes de septiembre de 2004.
(2) Bodoc, Liliana. Diciembre, Súper Álbum. Buenos Aires, Editorial Alfaguara, 2003. Colección Juvenil Alfaguara, Serie Roja. Ilustraciones de Luis Scafati.
(3) Bodoc, Liliana. Sucedió en colores. Buenos Aires, Grupo Editorial Norma, 2004. Colección Torre de Papel, serie Torre Azul. Ilustraciones de Matías Trillo. En Imaginaria publicamos el cuento "Amarillo", que integra este libro, en esta dirección:
(4) Ver, en la sección "Ficciones" de Imaginaria, el cuento "Amarillo", que integra el libro Sucedió en colores.

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